Morosidad no bancaria al 27%. Récord de usura y miseria

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El plan económico de del gobierno empuja a millones de familias a un callejón sin salida donde el endeudamiento extremo se convierte en la única herramienta disponible para intentar llegar a fin de mes. Los datos recientes sobre el mercado crediticio exponen una realidad alarmante centrada en el nivel de morosidad que asfixia a los hogares argentinos. El incumplimiento en el pago de los créditos no bancarios alcanzó un dramático 27% durante el mes de enero. Esta cifra tan contundente representa el decimoquinto mes consecutivo en el que la falta de pago registra un aumento ininterrumpido. Semejante dinámica destructiva se explica por un contexto macroeconómico asfixiante donde conviven tasas de interés usureras con ingresos populares que han sido totalmente pulverizados.

La crisis de endeudamiento golpea a todo el ecosistema financiero, pero hace verdaderos estragos en los sectores más vulnerables que no logran acceder a los requisitos de la banca tradicional y terminan cayendo en las redes de las aplicaciones tecnológicas. Para tomar dimensión del problema basta comparar la evolución de las cifras del mercado. Los registros del Banco Central marcaron que la morosidad en los bancos convencionales llegó al 9,3% en diciembre y saltó al 10,6% en el arranque del nuevo año. Sin embargo, las entidades no financieras y las famosas empresas fintech más que duplican esos niveles de incumplimiento al superar ampliamente la barrera del 27%. Esta enorme brecha se está atada al costo excesivo del financiamiento de estos sectores desregulados. Mientras las tasas reales de los préstamos personales bancarios rondaron el 40% anual, las empresas ajenas al sistema tradicional llegaron a aplicar tasas que se acercan a un exorbitante 150%.

Los especialistas y las consultoras económicas confirman que el nivel de morosidad en el sistema financiero actual es el más alto de los últimos 20 años, encontrando su único antecedente peor en el colapso social y económico del año 2001. Un ejemplo claro de esta ruptura profunda en la cadena de pagos se evidenció recientemente con el caso de la billetera virtual Ualá. Aunque la compañía de origen tecnológico intentó justificar sus altos niveles de impagos argumentando reestructuraciones internas y el traspaso de carteras hacia su nueva licencia bancaria, el ruido generado en el mercado dejó al descubierto un verdadero drama social. La realidad innegable es que las familias trabajadoras acuden a estas plataformas por pura desesperación, tomando créditos rápidos con intereses predatorios por la simple incapacidad de poder comprar alimentos o cubrir los consumos cotidianos más elementales de una vivienda.

La trampa financiera se vuelve perfecta y letal para los hogares bajo las nuevas reglas del modelo económico libertario. Para entender este fenómeno de manera simple hay que observar cómo funcionan los préstamos. La gran mayoría de los créditos personales que toman las familias se pactan a tasas fijas y tienen una duración promedio de dos años y medio. En tiempos pasados el proceso inflacionario permitía que el peso de esas cuotas mensuales se licuara lentamente mientras los salarios intentaban acompañar el ritmo de las remarcaciones. El escenario actual cambió drásticamente en contra del bolsillo trabajador. Ante la desaceleración de la inflación que el gobierno festeja como un triunfo, las cuotas de los préstamos dejan de licuarse y se vuelven muchísimo más caras y pesadas en términos reales. Al mismo tiempo, los sueldos se mantienen aplastados, haciendo que el repago de las deudas contraídas se transforme en una misión matemáticamente imposible.

El colapso en el pago de las deudas familiares es el síntoma directo de un ajuste salvaje diseñado para que los números cierren a costa del hambre de los trabajadores. Los sueldos y las jubilaciones son asediados de manera continua por el incremento desmedido en el precio de los bienes básicos, las tarifas de los servicios públicos, el transporte y cualquier otro gasto indispensable para la subsistencia. El gobierno orquesta una destrucción sistemática de los ingresos mediante la imposición de anclas salariales y topes ridículos a las negociaciones paritarias.

En este escenario de miseria donde las paritarias no pueden superar el 2% mensual, resulta un hecho que la morosidad seguirá su camino ascendente. Mientras el costo de vida persista en niveles internacionales y los salarios se hundan en la indigencia, la clase trabajadora seguirá atrapada en una maquinaria de usura que la exprime únicamente para garantizar la rentabilidad del sector financiero especulativo.

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